El último rugido de Nublar. Jurassic World: El Reino Caído, 2018.
Una isla que ya no nos pertenece.
Hay películas que comienzan con una pregunta y películas que comienzan con una sentencia. Jurassic World: El Reino Caído comienza con una sentencia: Isla Nublar va a morir, y con ella todo lo que Hammond construyó, todo lo que Masrani destruyó, todo lo que sobrevivió a pesar de nosotros. Un volcán que dormía bajo la isla desde antes de que el primer diplodocus pisara su suelo artificial despierta con la indiferencia geológica que caracteriza a las fuerzas que realmente gobiernan este planeta, y en ese despertar está contenida toda la filosofía que la película quiere explorar, con desigual fortuna, durante sus dos horas de metraje.
J.A. Bayona toma el timón de Colin Trevorrow y trae consigo una sensibilidad diferente, más oscura, más interesada en el terror gótico que en el espectáculo de aventuras. Es un director que sabe lo que hace con las sombras, que conoce el peso específico del miedo y de la pérdida, y en los mejores momentos de esta película eso se nota de una manera que ninguna entrada anterior de la nueva trilogía había conseguido. En los peores momentos, la película se tropieza con un guion que no siempre está a la altura de las imágenes que Bayona compone.
Pero hay una escena. Una sola escena que justifica la existencia de esta película con una brutalidad emocional que no esperaba, que no estaba preparado para recibir, y de la que nunca del todo me he recuperado.
Los últimos guardianes.
Claire Dearing regresa convertida en activista. Owen Grady regresa porque Blue sigue viva y eso, para él, es razón suficiente para volver al lugar más peligroso del mundo. La premisa inicial de la película, el rescate de los dinosaurios supervivientes antes de que la erupción del monte Sibo los condene a una segunda extinción, es éticamente interesante y narrativamente honesta: si creaste estas criaturas, si las trajiste de vuelta de la muerte, ¿tienes alguna responsabilidad sobre su vida? ¿O son simplemente un experimento que puedes cancelar cuando el presupuesto se acaba o el volcán se despierta?
Ian Malcolm, en sus breves apariciones ante un comité del Senado, sienta la postura contraria con la frialdad matemática que lo caracteriza. Dejadlos morir. La des extinción fue un error. La naturaleza tiene sus propios libros de contabilidad y los dinosaurios ya pagaron su deuda con la existencia hace sesenta y seis millones de años. Es una postura incómoda y la película tiene el coraje de no descartarla por completo, aunque su corazón narrativo esté claramente del lado de quienes suben al barco a rescatar a las criaturas.
Nublar en llamas.
La secuencia de la erupción es virtuosa desde el punto de vista técnico y emocional, Bayona dirige el caos con una precisión que convierte cada plano en una imagen que se graba. Dinosaurios corriendo en estampida, el Carnotaurus persiguiendo a Owen y Claire no por hambre sino porque también huye, el terror igualador de una catástrofe natural que no distingue entre depredador y presa, entre el animal y el humano que lo creó. Hay algo profundamente honesto en esa estampida compartida, en ese instante donde la jerarquía alimenticia se suspende porque hay algo más grande que el hambre: el miedo a dejar de existir.
Y en medio de ese caos, mientras el barco de rescate se aleja de la costa y la lava corre hacia el mar en ríos de luz naranja, la cámara encuentra algo en el muelle.
El adiós más largo de la saga.
Tengo que detenerme aquí. Necesito espacio para esto.
En el muelle de Isla Nublar, mientras el barco se aleja y la montaña arde y el cielo se vuelve el color de una herida, hay un Brachiosaurus. Es el último. Se quedó atrás, no llegó a tiempo, o nadie fue a buscarlo, o simplemente el mundo decidió que su cuello largo y su corazón enorme no cabían en el plan de rescate. Se para en el extremo del muelle mientras el fuego avanza, mientras el humo lo rodea, mientras la isla que fue su único mundo desde que salió del huevo en un laboratorio de InGen se consume a su alrededor. Intenta seguir al barco. Eleva el cuello hacia el cielo con ese gesto de columna vertebral eterna que tienen los saurópodos, ese movimiento que en millones de años de evolución fue útil para alcanzar las copas de los árboles y que en este momento no sirve absolutamente de nada, y emite un llamado que se pierde en el rugido del volcán.
Y desaparece entre el humo.
Quiero ser preciso sobre lo que esa imagen le hace a quien la ve, y quiero serlo desde un lugar que va más allá de la emoción cinematográfica. El Brachiosaurus es el primer dinosaurio que vemos en la franquicia. En la película de 1993, es la primera criatura que aparece al bajar del jeep en la sabana de Nublar, la primera que Hammond muestra con orgullo a sus invitados, la primera que hace llorar a Alan Grant y a Ellie Sattler y a todos nosotros porque de repente lo imposible era posible y el pasado profundo estaba ahí de pie comiéndose un árbol con una serenidad de siglos. Esa imagen tiene treinta y dos años de residencia en el corazón de quienes crecimos con esta franquicia. Es el símbolo de lo que Hammond soñó en su mejor versión, antes de la codicia, antes de los militares, antes del Indominus: el milagro puro de que los dinosaurios volvieran a existir.
Y Bayona lo usa para despedirse de Nublar. Lo usa para poner el punto final a una isla que fue el escenario de todo, que albergó el sueño y la pesadilla con igual hospitalidad, y lo hace con una imagen que no necesita diálogo, que no necesita música dramática, que no necesita que ningún personaje diga en voz alta lo que está pasando porque cualquier persona que haya visto Jurassic Park lo siente en el pecho antes de que el cerebro termine de procesar lo que están viendo sus ojos.
Es el momento más desgarrador en las películas modernas de dinosaurios. No el más violento, no el más espectacular. El más desgarrador. Porque no hay sangre, no hay dientes, no hay combate. Solo un animal enorme y gentil que se queda solo mientras el mundo que conoció desaparece a su alrededor, y que en su soledad lleva consigo todo el peso de lo que la humanidad hizo y no supo proteger.
Yo vi esta película en sala. Cuando ese plano llegó, el silencio que cayó sobre el público fue diferente al silencio de tensión o de expectativa. Fue el silencio de la pena. El silencio de las personas que de repente recuerdan que amaron algo enorme cuando eran niños y sienten, en ese momento exacto, que algo de ese amor se va con el humo.
Eli Mills y la maldad de manual.
La segunda mitad de la película traslada la acción a la mansión Lockwood, y aquí el filme cambia de registro con una decisión que entiendo aunque no comparta del todo. Bayona lleva la historia hacia el terror gótico, hacia los pasillos oscuros y los monstruos que acechan desde las sombras, y en ese territorio se mueve con una soltura genuina. La secuencia del Indoraptor en la habitación de la niña Maisie es de manual del género: la criatura que avanza lentamente, que comprende que su presa está ahí pero decide jugar, que golpea el techo con sus garras con la precisión calculada de un depredador que disfruta del miedo de su víctima. Es una escena que Bayona firma con personalidad.
Pero Eli Mills, el antagonista encarnado por Rafe Spall, es el punto más débil del guion. No es que esté mal interpretado, es que está insuficientemente construido. Su codicia es funcional, sus motivaciones son comprensibles en términos narrativos básicos, pero frente a la complejidad moral que la película establece en su primera mitad, un villano tan transparente resulta escaso. Venden dinosaurios al mejor postor porque el dinero es más fácil de entender que los principios. Está bien. Es suficiente para que la trama avance. No es suficiente para una película que se planteó preguntas éticas de verdad en su apertura.
El error de Wu, revisitado.
El doctor Henry Wu vuelve a aparecer y con él el hilo más perturbador de la trilogía: la ingeniería genética sin límites éticos al servicio de quien tenga más dinero. El Indoraptor es el heredero espiritual del Indominus, más pequeño y más calculado, diseñado no para sobrevivir sino para obedecer, aunque la película tiene el acierto de mostrar que obedecer no es algo que los depredadores genéticamente modificados hagan de forma confiable ni duradera. Wu sigue siendo el personaje más inquietante de la nueva trilogía no porque sea un monstruo sino porque es perfectamente racional dentro de una lógica donde la ética es una variable que se puede optimizar fuera del modelo.
Hay una línea que Wu pronuncia casi de pasada que me persiguió bastante tiempo después de salir de la sala: ya no hacemos esto por ciencia, hace tiempo que dejamos de hacerlo por ciencia. No la dice con culpa. La dice como una constatación. Y en esa constatación está condensado todo el arco de corrupción de un personaje que comenzó como un científico entusiasta en 1993 y terminó como el arquitecto de monstruos a sueldo.
Maisie Lockwood y la pregunta que cambia todo.
La revelación de que Maisie es un clon de la hija fallecida de Benjamin Lockwood es el giro narrativo más audaz de El Reino Caído, y también el más divisivo. Desde un punto de vista puramente dramático funciona porque convierte a la niña en el espejo humano de los dinosaurios: también fue creada artificialmente, también fue traída de la nada por la voluntad y el dolor de alguien que no pudo aceptar una pérdida, también existe en un mundo que no está seguro de qué derechos le corresponden a algo que nació de un laboratorio en lugar de un vientre.
Es Maisie quien toma la decisión final. Cuando los dinosaurios están a punto de morir en los sótanos de la mansión por el gas que se filtra de los contenedores dañados, es ella quien abre las puertas. Y lo hace porque los entiende. Porque sabe lo que es ser algo que no pidió existir y que sin embargo existe y merece seguir haciéndolo.
Es un acto de empatía radical. Es también el inicio del mundo jurásico que las películas siguientes van a explorar, el mundo donde los dinosaurios ya no están en una isla, donde ya no hay mares que los contengan, donde el experimento de Hammond se derramó definitivamente sobre el planeta que no estaba preparado para recibirlo.
Un reino que cayó hacia adelante.
Jurassic World: El Reino Caído es una película imperfecta que contiene momentos de una belleza y una honestidad emocional que no encuentro con facilidad en el resto de la franquicia moderna. Su segunda mitad no está a la altura de su primera, su villano principal no merece las preguntas que su guion abre, y algunas decisiones narrativas parecen diseñadas más para construir el siguiente capítulo de la saga que para completar dignamente el presente.
Pero tiene esa escena.
Tiene ese Brachiosaurus en el muelle, solo contra el volcán, pequeño de repente a pesar de sus veinte metros de cuello y corazón, llamando a algo que ya se fue. Y en esa imagen está todo lo que esta franquicia puede hacer cuando decide ser honesta sobre lo que siempre fue en el fondo: una historia sobre lo que pasa cuando los seres humanos traen algo al mundo y luego no saben cómo quererlo sin destruirlo.
Hammond lo soñó. InGen lo convirtió en negocio. Nublar lo pagó con fuego.
Y el Brachiosaurus nos dijo adiós desde el único lugar donde podía hacerlo: al borde del mundo que construimos para él, solo, mirando hacia donde nos fuimos.
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