El mundo que rompimos. Jurassic World: Dominion, 2022.
El experimento se derramó.
Maisie Lockwood abrió las puertas. Los dinosaurios salieron. Y el mundo, ese mundo moderno y ruidoso y lleno de sí mismo, tuvo que aprender a convivir con criaturas que llevaban sesenta y seis millones de años esperando que alguien les devolviera el planeta.
Esa es la promesa de Jurassic World: Dominion, la conclusión de la trilogía iniciada en 2015, dirigida de nuevo por Colin Trevorrow y con la ambición declarada de cerrar no solo tres películas sino seis, reuniendo en un mismo metraje a los personajes originales de 1993 con los protagonistas de la nueva trilogía. Es una promesa enorme. Es, hay que decirlo con la honestidad que esta saga merece, una promesa que la película cumple a medias con momentos de genuina emoción y tropiezos de guion que duelen precisamente porque el material de base tenía todo para ser extraordinario.
Pero antes de hablar de lo que falla, necesito hablar de lo que esta película hizo bien. Necesito hablar de los animales.
Pyroraptor: el depredador que nadie esperaba.
Llevo años explicando en conversaciones, en reseñas, en cualquier espacio donde alguien me deje hablar de paleontología, que los velociraptores del parque jurásico original no son velociraptores reales. Son Deinonychus, o quizá Utahraptor a escala modificada, criaturas engrandecidas y desnudas de plumas que sacrificaron la precisión taxonómica en el altar del espectáculo cinematográfico. No me molesta, lo entiendo, pero siempre existió en el fondo de mi cabeza la pregunta de qué pasaría si esta franquicia se atreviera a mostrar un dromeosáurido como realmente era: emplumado, ágil, pequeño, peligroso de una manera que no tiene nada que ver con el tamaño sino con la inteligencia y la velocidad.
Dominion se atrevió. Y el resultado es el Pyroraptor olympicus.
La secuencia de la persecución sobre el lago congelado es visualmente extraordinaria. El Pyroraptor corre sobre el hielo con esa ligereza nerviosa de las aves modernas, sus plumas rojas brillando contra el blanco del paisaje, su cuerpo pequeño y tenso como un resorte a punto de dispararse. Hay un momento donde se zambulle bajo el hielo para perseguir a Owen que tiene algo de pesadilla febril, algo de criatura que no debería existir en este mundo y sin embargo existe y te persigue con una determinación que no entiende de imposibles. Es un animal que te recuerda que las aves son dinosaurios, que el linaje no se extinguió del todo, que en cada gorrión que aterriza en tu ventana hay un destello de algo muy antiguo y muy afilado.
Sé que el Pyroraptor real era probablemente más pequeño y que sus hábitos acuáticos son, en el mejor de los casos, especulativos. No me importa. Esta franquicia lleva treinta años construyendo ficciones con base científica y esta ficción en particular tiene el mérito de poner plumas de verdad en un dromeosáurido, de hacer que el público general vea por primera vez algo que se acerca, aunque sea en espíritu, a lo que la paleontología lleva décadas intentando comunicar: los dinosaurios emplumados no son menos aterradores, son aterradores de una manera diferente, más aviaria, más veloz, más real.
Therizinosaurus: el gigante que nadie esperó amar.
Y luego está él. El animal que menos esperaba ver convertido en protagonista de una secuencia de tensión en una película de consumo masivo y que sin embargo lo fue, con una elegancia y una presencia que me dejaron genuinamente sin palabras.
El Therizinosaurus cheloniformis es uno de los dinosaurios más extraños que produjo el Mesozoico. Un terópodo herbívoro, pariente lejano de los celurosaurios, con garras en los miembros anteriores que podían superar el metro de longitud y que no usaba para cazar sino para doblegar ramas y llevar vegetación a su boca. Un animal enorme, de aspecto amenazante, completamente inofensivo para cualquier criatura que no fuera un árbol. Es el tipo de dinosaurio que los paleontólogos amamos porque desafía todos los esquemas: ¿un terópodo herbívoro? ¿Con esas garras? ¿De ese tamaño? La evolución tiene un sentido del humor que no siempre se aprecia desde fuera.
La secuencia en el lago donde Ellie Sattler debe cruzar el territorio del Therizinosaurus sin llamar su atención es una de las mejores de toda la película, y funciona precisamente porque Trevorrow y su equipo entendieron algo fundamental: el Therizinosaurus no es un villano. Es un animal que existe en su espacio y que reacciona a las amenazas como cualquier animal enorme y territorialmente sensible reaccionaría. La tensión no viene de una criatura que quiere comerte, viene del malentendido posible, de saber que sus garras de metro veinte no distinguen entre una rama y una persona si algo asusta al animal que las porta.
Que este dinosaurio relativamente oscuro, conocido principalmente entre aficionados serios a la paleontología, haya encontrado su camino a una producción de este presupuesto y haya sido tratado con esta fidelidad relativa a su naturaleza herbívora es algo que valoro enormemente. Cada dinosaurio que aparece bien representado en un producto de masas es un dinosaurio que millones de niños van a buscar en internet, van a descubrir, van a amar. Eso tiene un valor divulgativo que ningún documental de nicho puede igualar.
Giganotosaurus: la decepción con garras.
Ahora bien. Ahora toca hablar del elefante en la habitación. Del elefante enorme, mal proporcionado, con una cabeza que no le corresponde y una actitud que le pertenece a otra especie completamente diferente.
El Giganotosaurus carolinii real es uno de los terópodos más grandes que registra el yacimiento fósil sudamericano. Un animal de doce a trece metros de longitud, con un cráneo largo y bajo característico de los carcarodontosáuridos, una silueta inconfundible para cualquiera que haya dedicado tiempo a conocerlo. No es un Tyrannosaurus. No se parece a un Tyrannosaurus. Sus proporciones son diferentes, su cráneo es diferente, su postura es diferente, su filogenia es tan diferente que hablar de parentesco cercano entre ambos es como comparar un delfín con una vaca porque los dos son mamíferos.
El Giganotosaurus de Dominion es un Tyrannosaurus con otro nombre.
Lo digo sin hipérbole. La silueta, la profundidad del cráneo, las proporciones de los miembros anteriores, incluso su comportamiento en pantalla, el acecho calculado, la persecución directa, la confrontación final con el Tyrannosaurus como si fuera un rival natural de la misma categoría ecológica, todo está diseñado desde la gramática visual del Tyrannosaurus rex porque el equipo creativo aparentemente decidió que el público necesitaba algo familiar para sentir la amenaza. Es una decisión comprensible desde la producción. Es una decisión lamentable desde la paleontología y desde el respeto a una especie que tenía suficiente identidad propia para no necesitar disfrazarse de otra.
El Giganotosaurus merecía su propia película. Merecía que alguien se tomara el trabajo de diseñar su silueta carcarodontosáurida real, ese cráneo bajo y alargado, esas proporciones distintas, esa amenaza que no necesita parecerse al rey tiránico para ser genuina porque era real y era enorme y era suya. Lo que tenemos en cambio es una criatura de diseño genérico que lleva el nombre de un gigante sudamericano sin hacerle ningún honor.
Es la mayor decepción paleontológica de la trilogía moderna, y en una trilogía que incluyó al Indominus y al Indoraptor eso no es poco decir.
El reencuentro que nos debíamos.
Alan Grant. Ellie Sattler. Ian Malcolm. Treinta años después.
Hay un momento en esta película donde los tres están juntos en una habitación y hablan como personas que se conocen desde hace mucho, que han vivido cosas que nadie más podría entender, que cargaron con Nublar de maneras diferentes durante tres décadas. Y en ese momento, independientemente de todo lo que el guion haga bien o mal alrededor, algo en el pecho se asienta de una manera que solo el cine puede provocar cuando cumple una promesa que lleva años pendiente.
Sam Neill está exactamente donde debe estar como Alan Grant. Laura Dern convierte a Ellie Sattler en la persona más sensata de cada escena en que aparece, lo cual es un logro considerable dado el contexto. Y Jeff Goldblum hace a Ian Malcolm con esa cadencia única que el tiempo no ha erosionado, ese ritmo de pensamiento en voz alta que hace que sus monólogos suenen a improvisación aunque estén escritos hasta la última coma. Son personajes que no necesitan demostrar nada porque ya lo demostraron todo en 1993, y la película tiene la inteligencia de tratarlos así.
El problema es que el guion no siempre sabe qué hacer con ellos más allá de hacerlos avanzar de punto A a punto B en una trama de conspiración corporativa que tiene más capas de las que necesita y menos corazón del que prometía.
BioSyn y el nuevo Hammond.
Lewis Dodgson, el hombre que en 1993 intentó robar embriones de dinosaurio en una lata de afeitado y que la mayoría del público olvidó al salir del cine, regresa como el villano de Dominion convertido en CEO tecnológico con aspiraciones mesiánicas. La elección de convertir a este personaje menor en el antagonista principal de la conclusión de la saga es audaz y habría funcionado con un desarrollo más cuidadoso.
Lo que tenemos en cambio es un villano que la película usa para hacer una crítica al capitalismo tecnológico de Silicon Valley que resulta demasiado superficial para el tema que abre. Las langostas modificadas genéticamente que devoran cultivos selectivamente para favorecer las semillas de BioSyn es una idea que tiene más carga narrativa que el propio Indominus, porque habla de algo que está ocurriendo en el mundo real mientras vemos la película. Pero el guion no la explota con la profundidad que merece, la usa como detonante de una trama de acción que prefiere las persecuciones a las consecuencias.
El mundo después del experimento.
Lo que Dominion sí logra con convicción es mostrar un mundo transformado por la presencia de los dinosaurios de maneras que van más allá del espectáculo. Dinosaurios en los bosques de Europa. Pterosaurios anidando en edificios de ciudad. Protoceratops en mercados ilegales de Malta donde se comercia con animales como si fueran contrabando de lujo. Hay algo en esas imágenes que incomoda de la manera correcta, que sugiere que la verdadera historia de la coexistencia entre humanos y dinosaurios sería mucho más sucia y mucho más triste que cualquier aventura en una isla remota.
El mercado negro de Malta en particular tiene una energía que la película abandona demasiado pronto. La idea de que los dinosaurios se convirtieran en mercancía, en mascotas de lujo para millonarios, en armas para quien pudiera pagarlas, es tan coherente con todo lo que esta franquicia ha dicho sobre la codicia humana desde 1993 que duele que no se le dé más espacio.
Nota final. Sobre los mundos que no queremos imaginar.
Termino esta reseña de la misma forma en que empiezo cada conversación honesta sobre esta saga: con gratitud. Gratitud porque estos animales existieron, porque el registro fósil los preservó lo suficiente para que pudiéramos conocerlos, y gratitud, también, porque esta franquicia los trajo de vuelta en la pantalla con suficiente amor para que generaciones enteras los amaran.
Y en parte mi niño interior se alegra de que esto sea solo ficción, después de todo no me imagino la crueldad humana hacia mis amados dinosaurios, ya tratamos horrible a toda la fauna del planeta, me vuelvo ecoterrorista en 0, nada donde alguien lastime a cualquier saurópodo, terópodo, marginocéfalo, ornitópodo o tireóforo.
https://www.youtube.com/watch?v=5bkQ3A4T77A Pero para mas palabras recomiendo este video, creo que expresa de muy buena forma lo que pienso al respecto.Dominion no es la conclusión que la saga merecía. Es la conclusión que la saga tuvo, con todo lo que eso implica de humano y de imperfecto y de honestamente emocionante en sus mejores momentos. El Pyroraptor brilló sobre el hielo. El Therizinosaurus extendió sus garras contra el cielo. Y en algún laboratorio de ficción, el Giganotosaurus carolinii real sigue esperando que alguien le haga justicia.
Algún día.
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