El parque que nunca debió reabrirse. Jurassic World, 2015.
El sueño de Hammond corrompido.
Hay algo profundamente perturbador en la premisa de Jurassic World que creo que muchos pasamos por alto en el entusiasmo del estreno: alguien, en algún momento, tomó la decisión consciente de volver a abrir un parque de dinosaurios. No un parque cualquiera, no un zoológico de reptiles imponentes, sino el mismo tipo de experimento que en dos ocasiones previas había terminado en catástrofe, en muertes, en la demostración más brutal posible de que la naturaleza no negocia con la ambición humana. Y aun así, InGen lo intentó de nuevo. Simon Masrani lo intentó de nuevo. El mundo entero lo permitió. Eso, antes de que la primera imagen de los raptores aparezca en pantalla, ya dice algo devastador sobre nosotros como especie.
Jurassic World llega veintidós años después del parque jurásico original, dirigida por Colin Trevorrow y con un presupuesto que habría hecho parpadear al mismísimo John Hammond, y se planta ante el espectador con una pregunta implícita, casi filosófica: ¿y si todo hubiera salido bien? ¿Y si los sueños del viejo magnate escocés se hubieran cumplido al fin? La respuesta, como cabía esperar, es que el éxito del parque resulta ser casi más aterrador que su fracaso.
Isla Nublar, veinte años después.
Islas de ensueño para millones, pesadilla latente para quienes recuerdan el noventa y tres. Isla Nublar ha sido terraformada, domesticada tanto como la naturaleza consiente que la domes el hombre, y en su interior funciona con una eficiencia quirúrgica el parque que Hammond soñó: miles de visitantes al día, hoteles, restaurantes, una avenida comercial que haría las delicias de cualquier centro comercial moderno, y al fondo, detrás de los cristales de los gyrospheres y de los barandales de los fluviales, los dinosaurios. Criaturas del pasado profundo convertidas en atracción turística, en ganado de lujo, en mercancía viva.
Es en este punto donde la película toca algo que me interesa enormemente como divulgador: la trivialización. El público del parque se aburre. Los triceratops ya no emocionan. Un Ankylosaurus pastando es tan emocionante como una vaca. La dirección del parque, encarnada en la eficientísima Claire Dearing interpretada por Bryce Dallas Howard, discute abiertamente en su primera escena la necesidad de crear algo nuevo, algo más grande, algo que devuelva la emoción a los ojos de los visitantes. Y en esa conversación hay una crítica feroz al espectáculo moderno, a la industria del entretenimiento y a su voracidad, que Trevorrow planta en medio de la película sin solemnidad pero con una honestidad admirable. El monstruo que va a destruirlo todo no nace de un error de cálculo, nace de la demanda del mercado.
La criatura que nunca debió existir.
El Indominus rex. Nombre de marketing, origen de laboratorio, naturaleza completamente artificial. No es un dinosaurio, y la película tiene el acierto de dejar eso muy claro por boca del doctor Henry Wu, interpretado con una frialdad escalofriante por BD Wong, quien regresa de la primera película convertido en algo radicalmente distinto al científico nervioso que conocimos. Wu no es un villano de manual, es algo peor: es un científico que perdió la brújula ética hace mucho tiempo y ni siquiera lo sabe, o peor aún, lo sabe y ya no le importa.
El Indominus es el resultado de mezclar el ADN de múltiples especies para crear un depredador diseñado a medida por encargo corporativo, y aquí la película hace algo inteligente: no nos da sus cartas de golpe. La criatura sorprende constantemente, no solo a los personajes sino al espectador, revelando capacidades nuevas cuando menos se esperan. Puede camuflar su calor corporal porque lleva ADN de Therizinosaurus, puede comunicarse con los raptores porque comparte secuencias genéticas con ellos, puede desactivar su señal de seguimiento porque tiene la inteligencia necesaria para aprender cómo funciona el chip implantado en su cuerpo. Es una criatura que se adapta, que aprende, que planifica. Y eso la convierte en algo genuinamente inquietante.
Desde el punto de vista paleontológico y biológico la película es mucho más honesta de lo que se le suele reconocer. La escena donde Wu le explica al señor Masrani que los dinosaurios del parque nunca fueron ni serán dinosaurios reales, que son construcciones genéticas rellenas con ADN de aves, reptiles y anfibios para cubrir los vacíos del registro fósil, es el momento más valioso de todo el guion. Es la admisión directa de algo que la franquicia venía evadiendo desde el noventa y tres, y que los paleontólogos de todo el mundo llevamos décadas intentando explicar al público general: los dinosaurios de Jurassic Park no son dinosaurios. Son criaturas de ficción con una base científica parcial, y hay una belleza extraña en que sea la película misma quien lo diga por fin en voz alta.
Owen Grady y el problema del hombre alfa.
Chris Pratt interpreta a Owen Grady, entrenador de velociraptores y hombre con una respuesta ingeniosa para cada situación, y aquí la película muestra sus costuras más visibles. Owen es competente, carismático, moralmente intachable y tiene una química genuina con su manada de raptores que resulta fascinante de ver. El vínculo entre Owen y los cuatro velociraptores, Blue, Charlie, Delta y Echo, es el alma emocional de la película y funciona de una manera que no esperaba: no porque los raptores sean mascotas, sino porque la relación está planteada desde el respeto y el reconocimiento de que son depredadores salvajes con una inteligencia social extraordinaria, no animales domados sino animales que han encontrado a alguien a quien reconocen como parte de su estructura jerárquica.
La escena inicial en el corral, cuando Owen calma a los raptores tras el accidente, es tensa y efectiva precisamente porque en ningún momento da la sensación de control absoluto. Es negociación. Es lenguaje corporal. Es el tipo de habilidad que un experto en comportamiento animal real podría reconocer aunque aplicada a criaturas que nunca existieron. Hay algo ahí que me parece valioso desde la divulgación: la película sugiere, sin didactismos baratos, que la inteligencia animal es real y compleja, y que el error humano más frecuente frente a ella es confundirla con domesticación.
Donde Owen flaquea es en su construcción como personaje fuera de los raptores. Sus interacciones románticas con Claire son torpes, sus diálogos frecuentemente genéricos, y en más de una ocasión la película lo utiliza como vehículo para pronunciar la moraleja del momento con una directness que roza lo didáctico. No es un mal personaje, es un personaje insuficiente para el peso dramático que se le exige.
La sangre de Hammond.
Zach y Gray Mitchell, los sobrinos de Claire, son el corazón emocional que la película necesita para funcionar y que en momentos logra con una eficacia sorprendente. Gray, el menor, es un niño con un conocimiento enciclopédico de dinosaurios que lo hace inmediatamente simpático para cualquier paleontólogo o aficionado que haya sido ese niño, y yo fui ese niño, y asumo que muchos de quienes leen esto también lo fueron. Hay algo profundamente honesto en retratar a un niño cuyo amor por los dinosaurios es tan grande que el propio parque le parece insuficiente, que quiere saber más, que se indigna cuando le explican que el Indominus no está clasificado como dinosaurio oficial. Ese niño existe en millones de formas reales alrededor del mundo y la película lo sabe.
La escena en la gyrosphere cuando el Indominus ataca es genuinamente aterradora, no por los efectos visuales sino porque en ese momento la película logra lo que solo las mejores entregas de la franquicia consiguen: hacerte sentir la desproporción. Dos humanos pequeños dentro de una burbuja de cristal frente a una criatura de seis metros de altura que puede oler su miedo y ha decidido que las barreras son sugerencias.
El pecado original de InGen.
Hay un arco paralelo que la película desarrolla con más torpeza de la que merece: el intento de Vic Hoskins, interpretado por Vincent D'Onofrio con el carisma amenazante que este actor lleva en los huesos, de militarizar a los velociraptores. Es un concepto que tiene una lógica interna coherente y una crítica implícita al complejo industrial militar que habría merecido más desarrollo. Hoskins no está del todo equivocado en su diagnóstico, los raptores son animales inteligentes y leales a su manada que podrían ser utilizados en entornos donde enviar humanos es demasiado costoso, lo está en su conclusión, porque confunde reconocimiento con lealtad y olvida que la lealtad de un raptor es a su manada, no a quien firma los cheques.
Este hilo narrativo concluye de forma abrupta y un tanto decepcionante, pero planta una semilla que las películas siguientes de la trilogía explorarán con mayor profundidad y desigual fortuna.
Cuando los titanes se encuentran.
El tercer acto de Jurassic World es un ejercicio de escala y espectáculo que la película ejecuta con una energía genuina. Los raptores cambian de bando, el Indominus revela su capacidad para comunicarse con ellos, y el parque se convierte en un campo de batalla donde las líneas entre depredador y presa se disuelven completamente. Hay algo casi shakespeariano en la traición de los raptores, y algo igualmente shakespeariano en el momento en que Blue reconoce a Owen y toma una decisión que ningún manual de comportamiento animal podría predecir.
Y entonces Claire suelta al Tyrannosaurus rex.
Pocas decisiones de guion en la historia de esta franquicia han sido tan celebradas y tan criticadas simultáneamente como esta. La reina de Nublar, la misma hembra que sobrevivió a los eventos del noventa y tres si nos atenemos a la continuidad de la saga, sale de su área de exhibición y camina hacia la batalla como si llevara veintidós años esperando este momento. La pelea entre el Tyrannosaurus y el Indominus es absurda y gloriosa a partes iguales, honestamente me resulta imposible verla sin que algo en mis neuronas más antiguas encienda una luz que no enciende ningún otro tipo de espectáculo cinematográfico. Y cuando el Mosasaurus emerge del agua para poner fin al combate, arrebatando al Indominus a las profundidades del lago en un instante de violencia brutal y hermosa, la sala de cine donde vi esta película por primera vez enloqueció.
No voy a defenderlo como gran cine. Lo voy a defender como gran espectáculo jurásico. Hay una diferencia y en ese momento la película la ejecuta con consciencia plena.
El legado de una película necesaria.
Jurassic World no es perfecta. Su guion tiene costuras visibles, su protagonista masculino está mejor construido con raptores que con personas, y algunas de sus críticas al capitalismo del entretenimiento son demasiado tímidas para el tema que abre. Pero es una película que tenía una tarea difícil y la cumplió: devolver a una generación nueva al parque más peligroso del mundo, y hacerlo con suficiente amor al material original para que los veteranos de la franquicia no sintiéramos que nos habían quitado algo sino que nos habían regalado algo nuevo.
La primera vez que el tema de John Williams resuena en la banda sonora de Michael Giacchino mientras el monorraíl se acerca a la isla y el parque aparece en todo su esplendor imposible, algo en el pecho se aprieta de una manera que solo el cine sabe provocar. Esa sensación no es nostalgia vacía. Es el reconocimiento de que algunas historias te habitan, que los dinosaurios entraron en tu cabeza cuando eras niño y nunca se fueron del todo, que siguen ahí pastando entre tus recuerdos más luminosos, esperando que alguien vuelva a abrir las puertas.
Hammond lo soñó. Masrani lo ejecutó. La naturaleza lo destruyó. Y nosotros volvimos a comprar las entradas.
Siempre volvemos.
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