Cuando los hermanos pelean. Una guerra sin fin.
Cuando los hermanos pelean. Una guerra sin fin.
- julio 09, 2025
Hay algo profundamente doloroso —y a la vez absurdo— en observar cómo las civilizaciones más antiguas del planeta, herederas de culturas milenarias, siguen enfrentándose por razones que, en el fondo, carecen de un verdadero sustento ético o histórico. Lo que estamos presenciando hoy en Medio Oriente es mucho más que una disputa territorial o un desacuerdo entre gobiernos: es la continuación de una guerra revanchista, ideologizada hasta la médula, que ha olvidado sus raíces comunes y su humanidad compartida.
Los recientes enfrentamientos entre Israel e Irán, con ataques aéreos, sabotajes, ciudades arrasadas y miles de vidas segadas, tienen consecuencias visibles. Pero lo más trágico está en lo invisible: el colapso moral de dos pueblos que, a pesar de sus diferencias religiosas, provienen del mismo tronco cultural. Islam y Judaísmo son religiones hermanas, nacidas en el mismo desierto y de la rama Abrahamica de la fe occidental, con patriarcas comunes, lenguas afines, una tradición de sabiduría y estudio que ha iluminado la historia humana. Y sin embargo, hoy se matan sin tregua. En Gaza, en Teherán, en Tel Aviv, en Jerusalén. No hay tregua alguna.
No puede haber justificación válida para una guerra tan desproporcionada y prolongada. Las razones geopolíticas son excusas. Las justificaciones religiosas, distorsiones. Lo que subyace es una cadena de resentimientos antiguos, de venganzas recicladas, de humillaciones mal gestionadas que han sido cultivadas durante generaciones hasta formar un monstruo que ya no distingue entre civil y combatiente, entre territorio y hogar, entre fe y poder.
Israel, en su afán por protegerse, ha respondido con una fuerza brutal que ha alcanzado incluso a prisioneros y hospitales. Irán, envuelto en un discurso mesiánico, ha desplegado armas que ni siquiera entendemos completamente. El mundo observa, emite comunicados, convoca cumbres diplomáticas que saben a papel mojado. Mientras tanto, las ruinas se apilan, el tejido social se deshilacha, y los sobrevivientes caminan entre el polvo sin saber si mañana despertarán bajo un mismo cielo.
Me resulta incomprensible cómo culturas con una historia tan rica, con aportes tan brillantes a la humanidad, han permitido que su presente se degrade en una guerra que no es por justicia ni por redención, sino por revancha. Una revancha heredada, aprendida, cultivada desde la infancia en discursos, en símbolos, en mapas. Una revancha sin alma.
Creo que aún hay esperanza, aunque a veces parezca ingenuo decirlo. Tal vez no ahora, tal vez no mañana, pero llegará un momento en que alguien recuerde que fuimos hermanos antes de ser enemigos. Que el conocimiento, la fe y el diálogo pueden convivir. Que ninguna victoria sobre las ruinas es verdadera.
El deber de quienes observamos desde fuera, o desde los márgenes, no es solo condenar el horror. Es recordar lo que se ha olvidado: que no hay gloria en matar a tu reflejo.
Es la primera vez que me mojo con temas políticos, pero era inevitable no llegar a esto en algún momento. Espero hayan disfrutado de esta entrada de mi blog.
Alan Leo Garnet
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